viernes, 16 de junio de 2017

De Venezuela a Chile: tepuyes, selvas, ríos y montañas - Parte II

PARTE II: MUITO OBRIGADO, BRASIL

Entramos a Brasil el domingo 14 de mayo de 2017 poco antes de las 8am. Arrastramos nuestras maletas por una carretera mojada por más de 500 metros, hasta llegar al puesto de la Policía Federal de Brasil. El puesto abre a las 8am. Mientras esperábamos la apertura, vimos a unos muchachos que estaban cambiando bolívares a reales. Allí nos enteramos que el cambio de bolívares a reales sale mejor que de dólares a reales, así que, futuro viajero, si estás leyendo esto NO TE MATES POR CAMBIAR TODOS TUS BOLÍVARES A DÓLARES, ya que en la frontera con Brasil el cambio sale a 1500 bolívares por 1 real, mientras que 1$ son 3 reales. Saca las cuentas y verás que te ahorras unos cuantos miles de bolívares. Para fines prácticos, repito la tasa de cambio a la fecha (14/05/17)

1500 Bs. = 1 Real
1 $ = 3 Reales

Los que cambian parecen malandros, pero la verdad es que son confiables. Aun así, tomen sus previsiones: no vayan solos y eviten cambiar en un lugar muy escondido. Nosotros cambiamos 200$, lo cual nos dejó con 600 reales. Según nuestros cálculos, con eso bastaba para que dos personas atravesaran todo Brasil. Resultó ser así. Hasta nos quedaron algunos reales para cambiar en Bolivia.

La Policía Federal comenzó a atender a las 8am. Quedamos entre los primeros diez y pasamos sin complicaciones. Entonces surgió el problema del idioma. Yo iba todo feliz y confiado con mi curso incompleto de Duolingo, hasta que el policía me lanza una avalancha de sonidos incomprensibles que resultó ser portugués. Sin embargo, me hice entender. Preguntó por mi destino. Le dije que quería cruzar el país, e ir a Bolivia. Entonces me recomendó una ruta, sacó su teléfono y con Google Maps me mostró a qué ciudades debía ir. Una alusión a un río y a Porto Velho salió en la conversación, pero yo no hice mucho caso. Más tarde entendería la razón de ello. Me sellaron por 20 días y listo.

Ronny salió después, y le sellaron apenas 8 días. Jamás entendimos la razón. Fue entonces cuando conocimos a Jeremye y a Luigi, dos venezolanos que también estaban en plan de emigrantes. Nos pusimos de acuerdo para hacernos mutua compañía durante gran parte de nuestro trayecto, ya que ellos no tenían nuestro mismo destino. Hasta La Paz, Bolivia, seríamos compañeros de viaje. Ellos tardaron más en ser atendidos, así que entre una y otra cosa, terminamos tomando taxi para Boa Vista a las 10.20am.

El taxi se toma de una línea que está establecida justo al lado del puesto de control fronterizo. Caben hasta cinco personas y sale a 40 reales por persona, hasta Boa Vista, Roraima. Cabe destacar que nosotros nos encontrábamos en la ciudad de Pacaraima, Roraima. El viaje duraría entre dos y dos y media horas.

Llegamos medio dormidos a la Rodoviaria José Amador de Oliveira en Boa Vista, a las 12.30am. De inmediato conseguimos las líneas con destino a Manaus. Elegimos Asatur por tener un precio de oferta y ofrecer wifi y puestos de carga para celulares en su bus. Nuevamente, tendríamos una tarde de espera por delante, pues el bus saldría a las 8pm. El pasaje salió a 99 reales por persona. Pasamos toda la tarde entre la “sala de espera” de Asatur –no era una sala de espera, solo eran dos sofás colocados frente a la taquilla de venta de pasajes, y nosotros los invadimos hasta la noche- y la feria de comida. Allí conseguimos un buen puesto de comida, llamado “Culinarias da Duda”. Es atendido por venezolanos –entre magallaneros y caraquistas- y tienen muy buenos precios.


En este punto recomiendo que ustedes, futuros viajeros, hagan lo mismo que nosotros: comprar un adaptador para sus cargadores. De aquí en adelante, será muy raro que consigan un tomacorriente como los de Venezuela.

A las 7.30pm nos acercamos al andén de Asatur y nos preparamos para abordar. Nos acomodamos en nuestros asientos, pusimos a cargar las tablets y la laptop, y lamentamos que la señal del wifi jamás funcionara. Teníamos señal, pero no conexión. Punto negativo, asatur.

Al día siguiente, lunes 15 de mayo de 2017, a las 7.30am, llegamos a la Rodoviaria do Manaus, en Manaus, Amazonas Y entonces, la gran sorpresa. La ruta que nos debía llevar hasta Porto Velho, Transbrasil, en un viaje de 24 horas, no estaba funcionando, porque una inundación había dejado inhabilitados ciertos tramos de la carretera que atravesaba el Amazonas. Pero rápidamente un taxista vino en un nuestro auxilio. Nos indicó que si bien no podíamos viajar en bus, teníamos la opción de tomar un avión o un barco para llegar a Porto Velho. Por supuesto, el avión estaba fuera de nuestro alcance económico, así que optamos por un barco. Por 40 reales, nos llevó al centro de Manaus a comprar pasajes para el barco y luego nos llevó hasta el Porto Demetrio, donde estaba anclado el F/B “Vieira”, de la Agência Campo Sales. Solo cuando estuvimos en la cubierta del “Vieira” fue que terminamos de entender que el barco saldría al día siguiente, martes 16 de mayo a las 6pm. Nuestra sorpresa fue mayúscula, pero estaba por aumentar. El viaje duraría cinco días, llegando a Porto Velho el domingo 21 de mayo alrededor de las 6pm.
 
Vista del río Negro desde el F/B Vieira (Porto Demetrio, Manaus, Amazonas, Brasil)
Tras un breve periodo de sorpresa y estupefacción, me encogí de hombros y me resigné. Pensé entonces “vacaciones adelantadas en el Amazonas” y así fue como tomé aquel contratiempo. El pasaje costó 200 reales por persona, y gastamos unos 50 reales más, entre hamacas y provisiones.

Pasamos ese lunes preparándonos para el viaje. Compramos hamacas. Es obligatorio comprarlas, ya que es donde dormiríamos durante todo el viaje, y dormir en el suelo no era una opción. Nuestra anfitriona, la muy atenta Lily, nos ayudó en todo momento. Donde comprar comida, qué cosas necesitaríamos para el viaje, los horarios, el uso del baño de abordo. De todo. Me atrevería a decir que a pesar de que apenas compartimos cinco días de viaje, la considero mi amiga, una amiga en el amazónico Brasil.

 
Con nuestra anfitriona, Lily
Con el paso de las horas conocimos a otros venezolanos que serían nuestros compañeros de viaje: Israel, Mari Carmen y Antonella, una familia valenciana con una encantadora hijita; Arturo, un valiente emigrante que viajaba solo; David, otro emigrante, más silencioso que los anteriores, y una pareja de cubanos, Yoliet y “Pipo”. Más adelante se nos unirían dos cubanos más. Luego conocimos a una encantadora aventurera argentina, Berenice. De esta manera, hicimos nuestra pequeña sección de ruidosos hispanohablantes en la cubierta. A bordo iríamos unos cuarenta pasajeros, todos con sus maletas, hamacas, y demás enseres. Por cinco días pude experimentar la calidez del trato de los brasileños, la variedad del paisaje amazónico, la exquisita abundancia de la comida carioca y el ataque constante de los insectos al anochecer.

Por más incómodo que pueda sonar todo esto, el viaje fue muy enriquecedor y más placentero de lo que se pudiera pensar. Dormíamos en nuestras hamacas, o nos tendíamos en el piso a sobrellevar el calor. Comíamos a tres horas exactas: café de la mañana a las 6am, con lo que todos se levantaban tempranito, almuerzo a las 11am, generalmente constaba de pasta, arroz, pollo o carne, ensalada, granos o sopa –NOTA: el arroz y la pasta no eran excluyentes entre sí-, y la cena a las 5pm. Por lo general la cena era tan abundante como el almuerzo. ¿Por qué tan temprano, se preguntarán? Porque cenar al anochecer, bajo el latigazo de un ejército de insectos, no es nada agradable.
 
La multicolorida cubierta del F/B Vieira
Este es un tramo que si les toca hacer deben afrontarlo con paciencia y buen temple. Es una oportunidad única de estar en contacto con la selva del Amazonas y el río Madeira. Los paisajes cambian por hora, y con suficiente atención y aguante, es posible ver muchos animales interesantes. Yo llegué a ver tucanes, macacos, serpientes en la costa, una guacamaya roja espectacular, muchas toninas y un enorme cocodrilo.


Cuando ya la rutina estaba por volverse hábito, llegamos a Humaitá, el sábado 20 de junio a las 9am. Este sería el último puerto antes de Porto Vehlo. Muchos brasileños se bajaron aquí, así que el barco quedó casi completamente para nosotros. Ese día cantamos, reímos, las mujeres se secaron y arreglaron el pelo, yo me afeité la incipiente barba, y preparamos todo para nuestro último día en Brasil. Aquella tarde el ambiente estuvo festivo. Viajeros de cuatro nacionalidades compartían una cena más, antes de separarse por esos caminos de Dios.
 
Parte del combo hispanoablante
Disfruté enormemente la travesía del “Vieira”. Me permitió conocer maravillosas personas y parajes, y entender la magnitud de lo que significa salir del país a aventurarse en busca de una nueva vida, del crecimiento personal. Olvidé por un buen tramo la incertidumbre del porvenir y los pesares que dejaba atrás, para solo sentir la tranquilidad y calidez de las aguas amazónicas.

El domingo poco antes de mediodía divisamos Porto Velho a la distancia. Ansiábamos poder seguir nuestro viaje. Pero yo admito que en mi interior tenía un ligero deseo de no bajarme de ese catamarán, solo ponerme una pañoleta y ser parte de la tripulación. Esta idea no se la dije a nadie. Me parecía muy risible.

Lily, nuestra anfitriona, en lo que considero un gran acto de bondad, llamó a un par de taxis para que nos llevaran hasta Guajará-Mirim, la frontera con Bolivia. Lo agradecimos enormemente, pues resultaron ser muy cómodos y más económicos que los que rondaban por allí.

De Porto Velho, Rondonia, hasta Guajará-Mirim, Rondonia, el viaje duró tres y media horas, y salió en 100 reales por persona. Vimos los últimos paisajes brasileños, demasiado exóticos y salvajes como para describirlos con exactitud. A las 4.30pm llegábamos a la ciudad fronteriza de Guajará-Mirim. Los taxistas nos llevaron al puesto de la Policía Federal. Por un momento el alma se nos cayó a los pies, pues el horario colgado en la puerta decía que atenderían nuevamente, por ser domingo, de 8pm a 9pm, y nosotros, naturalmente, queríamos cruzar a Bolivia antes del anochecer. Entonces los más salidos del grupo hicieron valer sus virtudes tocando la puerta y preguntando si nos podían atender fuera de horario, justo ahora. Los agentes, muy amablemente, nos abrieron la puerta y uno a uno nos fueron sellando los pasaportes.
Horario de atención de la Policía
Federal de Brasil. Aquí se sella
la salida del país

Luego del sellado, los taxistas nos llevaron hasta el puerto fluvial, de donde salían las lanchas que cruzaban el río hasta Bolivia. Allí pagamos 8 reales por persona, abordamos la lancha y en menos de diez minutos ya estábamos en el siguiente país.

Me despedí de Brasil con cierto pesar. No pensé que me gustaría tanto esa parte del viaje. Pensé que apreciaría más el trato con bolivianos, hermanos de idioma, pero me di cuenta más tarde que no sería así. Nuestros primos idiomáticos fueron infinitamente más amables y cálidos. Con la lluvia en la cara, y el viento agitando el pabellón bicolor, miré atrás, a la otra orilla del río, y pensé: muito obrigado, Brasil.

De Venezuela a Chile: tepuyes, selvas, ríos y montañas - Parte I

ADVERTENCIA AL LECTOR PRÁCTICO

Esta es una bitácora de viaje muy detallada. Es posible que resulte menos prosaica de lo que esperas. Ahondaré en descripciones y detalles, mezclando los aspectos prácticos del viaje con otros más "espirituales". Sin embargo, en la última entrada colocaré un resumen de la información que posiblemente buscas: costo de pasajes, duración, horarios de llegada y salida. Buen viaje.

PRIMERA PARTE: LA PATRIA

Tras unos cuantos meses de clandestina preparación, y luego de haber informado a todos mis seres queridos sobre la decisión tomada, llegó el día de armar mi maleta, organizar mis documentos y dejar la comodidad de mi hogar para emprender un nuevo rumbo: la emigración.

Mi viaje inició el viernes 12 de mayo del 2017, a las 6.15am. Salí del terminal de pasajeros Big Low, en Valencia, Carabobo, y llegué al terminal de La Bandera, Caracas, a las 8.40am. Costo del pasaje: 3200 bolívares. Aquí me despedí de mi papá y de mi hermano Carlos. En su momento ninguna lágrima fue derramada, y el abrazo fue más corto de lo que el camino por delante pudiera ameritar, pero solo el cielo sabe cuánto he llorado por esa separación. Mi papá subiendo mi maleta al autobús, el apretón de manos, el abrazo y el “hasta pronto” son tesoros que alberga mi corazón y que me dan calidez en las frías noches de este nuevo país que ahora me acobija.

Del Big Low a La Bandera

Ya en la capital, pasé el día con la familia de quien sería mi compañero de viaje y vida a partir de entonces, Ronny Sperandío. Almorzamos con su familia, dimos los últimos y muy conmovedores adioses con un nudo en la garganta y salimos rumbo a La Guaira a las 4pm, desde la plaza La Concordia.

Fue el papá de Ronny el encargado de llevarnos hasta el hotel Catimar en La Guaira. Nuestro vuelo a Pto. Ordaz, Bolívar, estaba programado para el día siguiente a las 6am, y debíamos estar en el aeropuerto nacional al menos dos horas antes. Por eso decidimos quedarnos en un hotel. El hotel Catimar nos llamó la atención por sus económicos precios y la opción de traslado al aeropuerto sin cargo extra en cualquier horario. Hicimos el check-in a las 5pm y pasamos la tarde viendo películas. Al caer la noche bajamos al restaurante del hotel –cuyo servicio nos pareció pésimo- y dimos un paseo por la playa que queda frente al hotel. Pensaba en ese momento que estábamos parados en la cabeza del continente, mirando el Caribe y sintiendo su aliento caliente por última vez en mucho tiempo. Luego de eso regresamos al hotel, programamos el despertador a las 3am y nos fuimos a dormir.
 
¿Qué esperaban? ¿Una foto en el
famoso piso de Cruz-Diez? Nada
de eso. Nuestro vuelo era
nacional
Despertamos muy temprano y rápidamente nos preparamos para salir. En recepción ya estaban otros huéspedes que se dirigían al aeropuerto. De los ocho presentes, solo nosotros dos íbamos al nacional. Llegamos al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar –Maiquetía- y prácticamente despertamos a todos a nuestro paso. Aclaro nuevamente que estábamos en área de vuelos nacionales. Digo que despertamos a todos porque mi maleta era realmente ruidosa. Las rueditas estaban desgastadas, así que traqueteaban terriblemente al rodar. Y pensar que así la arrastré por cuatro países. Lo primero que hicimos fue dirigirnos a la taquilla de Conviasa, la aerolínea en la que previamente habíamos comprado nuestros boletos -32000 bolívares cada uno-. Luego de notar que no había nadie porque habíamos llegado demasiado temprano, pesamos las maletas, acomodamos un poco el peso –que no podía exceder los 23kgs.- y Ronny fue a que las embalaran. Esta medida es muy práctica para evitar robos durante el traslado. Alrededor de las 4.30am inicio el movimiento: entregamos los comprobantes de pago, revisaron pasaporte, entregamos las maletas, nos dieron los boletos y pasamos al chequeo. Allí pasamos por el famoso detector de metales, pasaron el equipaje de mano por rayos X y nos hicieron pasar al área de espera. Allí tomamos asiento, de frente al naciente amanecer, nos conectamos al wifi de aeropuerto para informar del avance a nuestras familias y esperamos el inicio del abordaje.


Poco antes de las 6am abordamos el avión. Así iniciábamos el primer tramo, al despuntar el alba del sábado 13 de mayo del 2017. Fue mi primer vuelo. Me pareció emocionante, aunque corto. Apenas duró 50 minutos. Alrededor de las 7am estábamos aterrizando el Aeropuerto Internacional Manuel Piar, en la ciudad de Puerto Ordaz, estado Bolívar. Nos recibió un clima lluvioso. Tomamos un taxi en la salida del aeropuerto que nos llevó hasta el Terminal de pasajeros de Puerto Ordaz, que queda cruzando la calle desde la salida del aeropuerto. Allí enfrentamos una realidad que francamente no habíamos considerado: que los horarios de llegada y salida no siempre nos favorecerían. Suena obvio, pero en realidad no lo habíamos tomado en cuenta.

Amanecer en Maiquetía














Nuestra siguiente parada sería Santa Elena de Uairén, en la frontera con Brasil, pero todos los buses salían a las 6pm. Eso implicaba una espera de casi once horas en el terminal. Allí tuvimos nuestro primer ataque de desesperación, cuyo resultado fue tomar un taxi hasta el terminal de pasajeros de San Félix, a 20 minutos de distancia. Supuestamente allí conseguiríamos un bus que saliera antes de mediodía. Error. Fuimos hasta allá solo a gastar dinero en taxis. Igual los buses salían en la tarde-noche. Además, nos dimos cuenta de que teníamos poco efectivo –ese fue un error mío- y que casi nada funcionaba con punto de venta. Retornamos al Terminal de Puerto Ordaz, medio derrotados, y compramos pasajes en la línea de buses Expresos Caribe. El encargado nos atendió con mucha amabilidad y nos dio buenas recomendaciones, como la custodia de maletas, en el local de al lado. Allí dejamos las maletas y nos dispusimos a esperar paseando en el C.C. Orinokia, que queda muy cerca del terminal. El pasaje nos salió a 12000 bolívares cada uno. Pudimos pagar con tarjeta.

Luego de un día caminando y comiendo comida rápida, regresamos al terminal –yo, con la idea de que nos habían robado el equipaje en la custodia, o algo así- y retiramos nuestras maletas sin ningún problema. El bus llegó puntual, nos acomodamos y así comenzó el siguiente tramo, el viaje de 12 horas hasta Santa Elena de Uairén.

Durante la noche el bus hizo muchas paradas: personas que se bajaban o subían, revisión de Guardias Nacionales –y nosotros con un nudo en la garganta- o paradas para ir al baño. Despertamos con la esperanza de ver algún tepuy antes de salir del país, pero los únicos que vimos estaban demasiado lejos. Eso sí, el paisaje de la Gran Sabana es asombroso, aun visto desde la periferia. Nos sentíamos en el borde del mundo.

A las 6.30 am del domingo 14 de mayo, día de las madres, llegamos al diminuto Terminal de pasajeros de Santa Elena de Uairén. Llegamos a un andén lleno de tierra roja. Tomamos un taxi en la salida del terminal, compartido con otro viajero, que nos cobró 4000 bolívares por persona hasta la frontera. El recorrido duró una media hora. Llegamos a la aduana, donde unos Guardias Nacionales nos hicieron bajar las maletas, para una revisión. Revisaron cada centímetro del equipaje, incluso agitando los libros que llevábamos. Tal vez buscaban dólares. Nuestros organizadores ni los miraron. A lo mejor lo tienen prohibido. Nos preguntaron a dónde nos dirigíamos y yo respondí que a Bolivia. “¿Y por qué escogieron esta ruta?” preguntó uno de ellos, “Porque nos pareció más rápida y barata”, respondí yo. Luego de eso no dijeron nada más. Nos indicaron que debíamos sellar la salida en el puesto del SAIME, que ya tenía una pequeña cola, y así tuvimos nuestro último encuentro con quienes tanto nerviosismo causaron a nuestro tramo venezolano.

En el puesto del SAIME nos sellaron el pasaporte tras un par de preguntas de rutina: oficio, lugar de origen y país de destino. “Docente”, “Valencia, Carabobo” y “Brasil” fueron mis respuestas. Al salir, el taxista ya se había ido, así que nos tocó cruzar la frontera a pie, bajo una insidiosa llovizna. En lo alto de una loma ondeaban los pabellones venezolano y brasileño. Allí, a un cuarto para las ocho, dejamos atrás la gran y bendecida tierra de Venezuela. Por primera vez mi pie hollaba suelo extranjero.

martes, 2 de mayo de 2017

Las dos Venezuelas

Hace años, el gran maestro de Venezuela, Arturo Uslar Pietri [1906-2001] en su memorable ensayo titulado "De una a otra Venezuela" (1949) ya nos advertía sobre el problema de una mala administración de los bienes petroleros de la nación y sus consecuencias en el futuro socio-cultural del país. En esencia, el ensayo planteaba la presencia de dos países enfrentados pero indivisibles, como caras de una misma moneda: la Venezuela artificial, preocupada por lujos y apariencias, que se pavonea con su riqueza petrolera frente a América latina y sus innovaciones importadas; y la Venezuela real, la duradera, la que se constituye a partir de educación, salud, proyectos y producción nacional. Pareciera que la voz de Uslar Pietri quedó como sonando solitaria en un recinto vacío, apenas aplaudida por aquellos que se quedaron a escuchar al maestro, e ignoraron el jolgorio de la fiesta popular. Pareciera que fue así, porque este naciente siglo XXI, este 2017 funesto, y todos estos años que han pasado desde el '49, nos demuestran que seguir construyendo la Venezuela fingida o artificial fue como levantar un castillo de naipes al aire libre. Ahora, ante la tempestad, poco nos va a quedar entre las manos.

Yo siento que seguimos viviendo entre dos Venezuelas, hijas de la profecía ignorada del maestro Uslar Pietri. Es una rarísima dicotomía que amenaza con volver loco a quien se propone mirarla en detalle. Me explico. Por un lado tenemos la Venezuela paradisíaca. A esta la llamaré la Venezuela natural. Esta es la tierra sobre la que caminamos, extendida desde las costas del mar Caribe hasta la selva del Amazonas, desde la península de Perijá hasta Punta Playa y el esequibo. Es de la que todos nos enorgullecemos, la que ponen las tías felices con fotos del Salto Ángel, el Roraima, el Orinoco, el Waraira-Repano y frases bíblicas. La Venezuela natural es la que nos bendice diariamente con un clima envidiable, donde ni el calor, ni el frío, ni la humedad son extremos. Por más que nos quejemos, nadie se muere literalmente del calor o del frío. Podemos vestirnos como nos dé la gana todo el año. Esta es la Venezuela de las arepas, del pabellón, de la cerveza y el mondongo. La de los bailes y el humor. La del esfuerzo de nuestras manos y las obras levantadas sobre nuestras espaldas. La de la gran familia que el destino nos dio y que fue el nido desde el que pudimos extender nuestras alas. Nadie duda en decir que ama esta Venezuela. Todos lloramos al escuchar que llevamos su luz y su aroma en nuestra piel y al ver ondear tres colores que nos hacen pensar en todo lo bueno del mundo.

Lamentablemente, fuimos advertidos. Desoímos a nuestros profetas intelectuales. Y de la tierra bendecida nació, "como un reguero de pus por la sabana" (parafraseando a Miguel Otero Silva), un gran poder que, ni para nuestros antepasados, ni para nosotros, fue asumido con una gran responsabilidad: el petróleo. Este, que pudo haber catapultado al país a niveles estratosféricos, terminó siendo su perdición. "La plaga petrolera", como lo llamó Aquiles Nazoa. Y de entre sus miasmas negras, nació la segunda Venezuela. No culpo completamente al petróleo por todos nuestros males, pero hay que admitir que fue el catalizador
de una serie de calamidades que nos han traído hasta este desastre. La viveza criolla, por ejemplo, no nació allí, pero fue entonces cuando se convirtió un virus mortal. Posiblemente tampoco fue el petróleo el padre de la corrupción, pero sí fue quien alimentó a este hasta volverlo la bestia indetenible que corre loca por nuestras calles. La segunda Venezuela en la que vivimos es la del sistema ineficaz, la de los trámites lentos, la del hambre y la miseria. Esta Venezuela es la de las colas, la de los "vivos" (parásitos aprovechados), la que se dejó poner otra vez el yugo, ahora no de los españoles, sino del mal de turno. Aquí habita el mal humor, o dicho de otra manera, el humor inoportuno, que a veces nos impide tomarnos con seriedad situaciones críticas. Aquí prolifera la delincuencia, y esa es una oscura vereda por la que no me quiero ir. Me basta con recordar el último encuentro con lacras sociales para que la sangre me hierva.

¿Quién querría vivir en un país así? Tan corrupto, tan lleno de miseria, tan incierto. Una y otra Venezuela han estado luchando mano a mano durante muchas décadas, a veces con alzas de la una por sobre la otra. Estos últimos años pareciera que la Venezuela sintética ha estado ganando la partida. Y las consecuencias han sido nefastas. Las vemos todos los días, en el plato vacío, en la mano que mendiga, en la irresponsabilidad rampante. Yo desprecio y rechazo cabalmente esta cara de mi país, tallada por la necedad de unos pocos. Lucharé siempre por la unificación del rostro nacional, digno, eficiente y comprometido. Y si debo unirme a la marea de emigrantes que huyen de una situación insostenible, con lágrimas en los ojos y el adiós de familiares y amigos, lo haré, consciente de que tengo una tarea vitalicia por cumplir con mi Venezuela real. No creo que lleguemos al extremo devastador de una ruptura física de la nación, dividida por ideales absurdos que van en contra de los más simples esquemas de una vida plena, individual y social. Yo creo en las buenas personas que aquí nacieron, a mí lado, que fueron mi ejemplo a seguir y de quienes he podido ser ejemplo. Y sé, por convicción, que cada una de esas buenas personas hará su parte para que llevemos a nuestro país a un futuro que se nos ha presentado como manzanas de Tántalo por tanto tiempo.

Pero esto es un acto de disciplina, de responsabilidad, de civismo y de cultura. No de azares, supersticiones y populismo. Basta de chistes impertinentes, veamos las cosas como son y afrontémolas, sin afeites ni eufemismos. Basta de corrupción, que nos hace pensar que porque el otro robo y nadie le dijo nada eso nos da derecho a todos a robar. Disciplina, amigos míos, es la clave. Tarde o temprano, esta superará la inteligencia, y solo entonces la inteligencia podrá sembrar en campos debidamente arados. Solo así podremos unificar a nuestro país. Solo así podremos comenzar el verdadero cambio. Solo entonces podremos decir todo al unísono, sin más adjetivos ni etiquetas, que somos venezolanos.

JOSÉ D. ALVARADO
02/05/17

martes, 18 de abril de 2017

No te acuestes a dormir sin haber aprendido algo

Fue constante durante mi devenir educativo en la U.E. Cnel. (B) Adolfo Valbuena Bravo, que llamaré UECAVB para abreviar, escuchar una frase, más mantra que frase, pues su repetición resonaba en el patio de formación, los pasillos y las aulas como un cántico religioso: No te acuestes a dormir sin haber aprendido algo.

A mi parecer, en este flamante siglo XXI que habitamos, apenas navegando su segunda década, es imposible acostarse sin aprender algo nuevo. Con tantos medios de comunicación masiva, canciones, películas, libros -hasta en PDF-, y claro está, la omnipresente Internet, yo me pregunto ¿podría alguien estar despierto por más de dieciocho horas sin que algo eche raíces en su cavidad craneal? Algo además de un parásito nacido de una lechuga mal lavada, por supuesto. Una parte de mí cree que es imposible que eso ocurra, la otra, que está consciente de la imposibilidad de lo imposible, considera que justamente, por vivir rodeados de tanta información, esta podría fácilmente ser ignorada por considerarse, inconscientemente, improcesable. De ser así la situación, pues podría concluir con dramática fatalidad que hemos llegado a la pesadilla huxleyana de Un mundo feliz.

Para los avezados lectores, Un mundo feliz (1932) es una referencia obligatoria a una de las más grandes y aterradoras distopías futuristas de la tríada Huxley-Orwell-Bradbury, que nos hacen pensar, con horror, en futuros apocalípticos donde las sociedades marchan a un ritmo que nos parece insólito, impensable e indiscutiblemente inaceptable. Para los que no están familiarizados con el texto, deben saber que la distopía descrita por Aldous Huxley describe una sociedad que funciona maravillosamente tras haber desterrado una enorme cantidad de valores fundamentales de nuestra cotidianidad, como lo son la familia, la educación, la religión y el libre albedrío. Este último, me parece, es la base de la sociedad de Un mundo feliz, ya que en esta las personas nacen in-vitro, programadas para cumplir con una función específica en el aparato social, funciones que son designadas por el azar desde la fecundación en los tubos de ensayo. Pero ese no es el punto al que quiero llegar. Es solo un aperitivo para quienes no han devorado aún este manjar pre-apocalíptico.

El punto que quiero que consideremos, huxleyanos y no huxleyanos, es el de una sociedad que vive constantemente bombardeada de información. Pero información a gran escala, colorida, estridente, terriblemente abrumadora. Estos individuos programados, desde los alfas hasta los epsilones, viven rodeados de tanta información, que en realidad se la pasan desinformados. Es decir, ¿qué tanto nos puede importar un conflicto armado de un país lejano con saldos astronómicos de muertos y heridos cuando tenemos al alcance de la mano el último tráiler del éxito taquillero del verano? ¿Quién podría preferir un sombrío balance financiero antes que la nueva canción de Maluma? ¿Acaso no es más fácil de digerir este Top ten sobre peinados de perritos pequineses que aquel reporte sobre la crisis socio-política del país? ¿Ven a donde quiero llegar? Cuando tenemos un espectro tan amplio de datos, cifras, colores y sonidos, es natural que la mayoría, que las masas, opten por lo ligero, lo intrascendente, lo frívolo, que en este contexto se define como invertir la importancia de las cosas que nos rodean.

Aterrador, ¿no es así? Pareciera que nos hundimos cada vez más en un mundo de apaciguamiento intelectual, excitación de los sentidos y tranquilizantes de la mente. Pero esperen, que este post no es para llorar sobre nuestras bibliotecas. Recuerden la idea central: aprender algo nuevo cada día. Hasta la línea que lees en este momento de seguro aprendiste algo nuevo. Y si ves más arriba, en la barra del buscador -que tal vez nunca le hayas prestado mucha atención- verás un portal mágico que te dará acceso a prácticamente cualquier información. No siempre muy bien desarrollada, pero información en fin. Este siglo nos ha puesto bajo una espada de Damocles, es verdad, pero también ha abierto las puertas de par en par para los autodidactas. 

Ah, sí, esa legión silenciosa y discreta de quienes no esperan que les sirvan de las aguas del saber sino que se dirigen por sí mismos a los pozos, o terminan abriendo brechas, trasladando ríos o quebrando fiordos. Sin embargo, aún el más autodidacta podría perderse en los laberintos de la internet y terminar dándole like a un test sobre ¿Qué tipo de hamburguesa eres según tu personalidad? Es una cuestión de disciplina. Así como en la pesca, hay que tirar del cordel, dejarlo correr y luego tirar con más fuerza hasta capturar al pez. Alterna, entonces, entre Facebook y Wikipedia, entre Instagram y una pinacoteca virtual, entre Twitter y las noticias de verdad. Cuando estés en Youtube, alterna entre videos y documentales: Shakira -dejar correr el cordel-, la revolución francesa -tirar del cordel-; lo nuevo de Ed Sheran -y ahí va el cordel otra vez- y la vida y obra de Marie Curie -y viene el cordel de regreso. Es sencillo, es entretenido, y te dará muchos temas de conversación.

No dejemos que nuestra sociedad se convierta solo en festín de banalidades. Mientras sigamos teniendo el libre albedrío y la posibilidad de nacer dentro de una familia, y no en una probeta, hagamos valer nuestro espíritu humano y reinventemos el mundo cada minuto. Y eso solo lo lograremos proponiéndonos no irnos a dormir sin haber aprendido algo nuevo. No es fácil, ya lo dije, pero rara vez lo trascendente lo es.

Para terminar, ahí te van unas cuantas recomendaciones personales. Es el modo en que paso el tiempo entre las cosas serias de la vida adulta y las ensoñaciones de la lectura. Buen provecho.







  • Esta biblioteca digital es una de las más completas que hay. Totalmente gratuita, ligera y en español http://ciudadseva.com/








Esto es solo para comenzar. Si quieres recomendaciones más ajustadas a tus gustos, comenta o contáctame.


jueves, 13 de abril de 2017

El buen salvaje


Aunque la ciudad entera sucumba a la pereza y la contemporaneidad, nosotros permaneceremos. La demolición es su prioridad, más que la restauración. A modo de muestra, históricos parques, plazas y puentes perecen. Pero esa es solo la parte física del problema. La línea de orden aplica también a las costumbres y los modos. Si hemos de destruir todo eso, que sea de cuajo, no de hoja en hoja. Es ridícula una sociedad que pretende seguir llamándose así cuando sus valores caen uno a uno en un otoño arreado. Basta de civilización entonces, todos a la vieja usanza entonces, abracemos al buen salvaje de Rousseau, pero que sea íntegro el proceso. No más teléfonos, no más escuelas, no más metros y buses. A las cavernas, a las matas, al monte y la culebra, que nada más importa. Basta ya de teatro, de fingir que trabajamos y estudiamos, cuando el pendejo carga los errores del que dice “yo primero”. Vil ilusión de avance y progreso. Yo los apoyo, hundámonos, pero como se debe, que nada más importa. Al lodo. Al carajo.

CONSTANTINO PhD ARREMETE CON PLUMA CONTRA ANÁRQUICO SEÑOR QUE LEE PERIÓDICO EN LA PARADA. RESULTADOS, TRÁGICOS. SEÑOR COMPRENDE QUE SU TRABAJO ES UN SINSENTIDO. PIENSA, LUEGO EXISTE, LUEGO ESTIRA LA MANO PARA TOMAR EL BUS.

 José D. Alvarado (abril 29, 2013)


domingo, 9 de abril de 2017

Haikus de la tempestad

I
Vientos que cambian
Mejor izar las velas
Moverse ya

II
Dejarse ir
Agarrado al timón
Sin controlar

III
Brújula al sur
Con la mirada firme
Igual que el viento

IV
Crujen las tablas
Se agitan las clavijas
Silban las cuerdas

V
La luz del faro
Acuchilla la niebla
Luz de esperanza

VI
Vicisitudes 
Inexorablemente
Aventajadas

VII
Mi timonel
El divino destino
No titubea

VIII
Clarea el alba
En su ira Poseidón
Se alza y cede

IX
Tierra a la vista
Disípanse las miasmas 
De incertidumbre

X
Beso la arena
Bendita nueva vida
Bajo mis pies

José D. Alvarado (Abril 9, 2017)


La gran ola de Kanagawa (1830-1833) Katsushika Hokusai

miércoles, 5 de abril de 2017

Hasta la próxima clase

Estudiantes, compañeros, nefelibatos, seres tripartitos, partículas apenas reconocibles, y desde ahora que no nos separa un escritorio, amigos míos. Esta lenta despedida ha llegado a su momento culminante. Una pausa, más bien. Un "hasta la próxima clase" prolongado. En fin, ha llegado el momento de hacer corolario de todo lo aprendido, y lo digo tanto por mí como por ustedes, pues no es un secreto que en un salón de clases motivado el aprendizaje fluye en ambos sentidos, como una autopista que conecta mentes ávidas de conocimientos. Ancora imparo, decía Da Vinci, aún en su vejez, cuando se pudiera pensar que un genio universal como el suyo ya lo sabía todo. Errado sería pensar esto, pues aprender todos los días solo nos demuestra lo mucho que ignoramos, y lo minúsculo que resulta el razonamiento humano ante la vastedad del universo y el funcionamiento de la existencia. Cito entonces a Sócrates, que al darse cuenta de esta realidad declaró: Scio me nihil scire o scio me nescire; Solo sé que no sé nada.

Y fue tanto lo aprendido, tanto lo discutido, tanto lo razonado, que pareciera que dos años no han pasado. El tiempo es relativo (Einstein, 1905). Yo siento el paso de estos dos años como un largo y enriquecedor periodo, que inició un martes 17 de marzo de 2015, a las 7am.

Buscaba en ese entonces un empleo que me resultara más adecuado a mis necesidades temporales y espaciales -que quedara más cerca de mi casa, pues- y que me permitiera, además, un cambio de aires. Incluso consideré la idea de abandonar las aulas y dedicarme a cualquier otro oficio. Manual, de preferencia, pues el cansancio del cuerpo se recupera más rápido que el de la mente. Sin embargo, dejé que el destino hiciera rodar la bola a su antojo y envié currículos a diversas instituciones y locales. No fue el destino quien hizo repicar mi teléfono aquella tarde, sino el Comandante (B) Héctor Romero, comunicándome que, y cito,  "Una prestigiosa institución educativa de excelencia, del cuerpo de Bomberos Valencia podía requerir de mis servicios". El lunes siguiente asistí a la entrevista y el destino siguió con su juego. El día siguiente a la entrevista, fui arrojado a la jaula de los leones para probar mis habilidades y conocer el nuevo terreno de juego.

En el acto, quedé sorprendido. Aquella ventosa mañana de marzo llegué a un patio donde los profesores se sentaban alineados frente a una formación perfectamente colocada. Los uniformes pulcros y planchados, la marcialidad del paso, la clara entonación del himno y la deferencia del trato contrastaban con mis experiencias previas en un patio de formación. Tras unas breves indicaciones de la coordinadora académica, pasé a mi primer salón. Aquel día tenía un bloque de Castellano y otro de algo llamado "Lenguaje e investigación" con 3er año A. Al entrar a su aula, sobriamente decorada, mi sorpresa siguió aumentando -para mis adentros, claro. Jamás un profesor debe mostrar su lado flaco ante un salón lleno de estudiantes-. La sección, de apenas 23 estudiantes, no se estaba matando cuando entré. Todo lo contrario. Me recibieron con un saludo fuerte y marcial: "Buenos días, profesor", todos ellos de pie, con la vista al frente. Tanto respeto me dejaba anonadado. Pero había que esperar y comprobar. Podía ser una simple fachada, una estratagema para medir las fuerzas del nuevo oponente. Sin embargo, la hora avanzó, y antes de que llegara el primer receso, ya me había convencido de que estaba frente a estudiantes excepcionales, que, en su mayoría, me hicieron creer que la enorme inscripción de la entrada "Solo para los mejores" no era simple propaganda. Antes de que el día terminara, y tras haber estado con una sección de 5to año, un 2do año y el otro 3er año, la sección B, no solo creía en el lema de la institución. Ya me había comprometido a ser parte de él.

Ese día quedó grabado a fuego en mi memoria. Fue un comienzo. La primera roca que en su caída desencadena una avalancha. Nuevamente, el destino me guiaba con mano firme. En poco tiempo, me hice parte de la institución. Tomé nota mental -y en mi carpeta- del perfil de aquellos individuos que habían sido puestos a mi cargo con el propósito de enseñarles los duros caminos de la gramática, los laberintos de la literatura, la riqueza de nuestra lengua, y por sobre todo esto, cual encumbrado soberano, el amor por los libros y los mundos que guardan dentro de sí. La materia de Lenguaje e investigación resultó ser un terreno fértil para cultivar el hábito de la lectura. Fue entonces cuando desempolvé a mis viejos amigos de biblioteca para que me ayudaran en mi tarea: Verne, Poe, Neruda, Exupéry, Shakespeare, Otero Silva, Garmendia... Incluso el monarca de mis estanterías, Stephen King, fue llamado a la batalla, y fue un aliado soberbio. Solo mirar los rostros aterrados, absortos, y en algunos casos, dormidos, de aquellos pequeños de 3er año "A" me hizo saber que el camino ya se había comenzado a enlosar.

Lo demás, es historia. Y son historias bien interesantes, que pronto me sentaré a contar. Por ahora, los tentáculos de la nostalgia previa, lo que podríamos llamar "pre-nostalgia", comienzan a apoderarse de mi pecho. Saber que pronto estaré enfrentándome al mundo desde otros flancos, dejando atrás a todos cuanto conozco y aprecio por lo mucho que han hecho por mí, es algo que comienza a hacerme mella. Ya llegará el momento de derramar una o dos lágrimas por el incierto "hasta la próxima clase". Por ahora, hay mucho trabajo que hacer, muchas manos que estrechar, muchos nudos que atar. En el drama de la vida humana, la obra siempre continúa, desde Adán y Eva y hasta el último humano que respire sobre la faz de la tierra. No somos más que personajes que entran y salen de escena, procurando realizar una actuación extraordinaria que sea digna de memorar en las futuras generaciones de actores -para más información sobre este pensamiento, vean Stranger than fiction (2006)-. Para mí, un nuevo acto ha comenzado. El telón se cierra en este lado del mundo. Pero los aplausos, sus aplausos, seguirán resonando dentro de mi por mucho tiempo, hasta que se derrumbe el horizonte.

Nos vemos en la próxima clase. Espérenla preparados. Ya ustedes saben como soy.

José D. Alvarado (Abril 05, 2017)